dimecres, 22 maig de 2013

EL FONDO DEL POZO



Ella es mujer. Profesora y madre. Ella ha sufrido maltrato psicológico. Después de muchos años de chantaje consiguió decir BASTA. Ha pagado peaje, el chacal que la retenía en el fondo del pozo ha conseguido alienar a sus hijos para que la rechacen, es su venganza, ahora se esconde tras el disfraz de padre abnegado y deja que los cobardes la señalen como una apestada. 

Cuántas veces hablamos sin conocer el trasfondo. Cuántas veces simplificamos las soluciones sin abordar la complejidad de los procesos psicológicos. Cuántas veces aconsejamos a tontas y a locas creyendo que la única perspectiva posible es la nuestra. Cuántas veces herimos con palabras poco medidas. Cuántas veces delante de nuestras narices observamos detalles que indican dominio y bajamos la cabeza. Cuántas veces juzgamos sin tener todos los elementos para ofrecer un juicio justo.
En nuestra sociedad desarrollada y moderna se ejerce maltrato psicológico, de forma sutil, larvada. Lo achacamos a un carácter difícil o a una falta de madurez sin importarnos el dolor que produce. La sociedad calla cuando lo siente cerca, la sociedad es hipócrita y no quiere complicarse la vida. La sociedad solo despierta cuando se produce una tragedia. La sociedad somos tú y yo.
Nada hacía pensar que aquello acabaría así, todo parecía de lo más normal. Los dramas se producen intramuros. A la sociedad solo le preocupa que la cifra de víctimas no supere la del año anterior. Se recomienda llamar a un teléfono, no nos podemos explicar cómo las afectadas por la sombra del miedo no llaman, con lo fácil que sería parar el sufrimiento, nosotros lo haríamos, por supuesto,  a nosotros nadie nos ha comido la moral, a nosotros, los sabios, nadie nos amenaza. No hemos estado en el fondo del pozo y no tenemos ni idea de lo que maniatan las mordazas invisibles. Si fuera tan fácil salir del pozo, no quedaría nadie allí abajo y sabemos, porque lo sabemos, que hay muchas mujeres esperando una mano a la que aferrarse. 
Ella ha escuchado que una alumna de su clase fue increpada por su novio por culpa de enseñar más carne de la que el censor estaba dispuesto a autorizar. El ascensor que baja al fondo del pozo sigue funcionando. Se lo han contado sus amigas, le chilló de malas maneras. Ella recuerda episodios semejantes y se le altera el corazón. No es fácil aproximarse a una víctima, lo más seguro es que calle o que justifique, que le quite hierro al asunto. La palabra víctima ya reduce, desciende, etiqueta. Ella sabe que el fondo del pozo es gélido. Aprovecha una tutoría para pasar un video. Son cinco minutos de una intensidad escalofriante, el silencio conmueve, sobrecoge. Ella sabe lo que sintió cuando vio aquella máscara. Seguramente no pueda estirar de la mano a aquella chiquilla ni avisarle de que empieza un calvario pero si tan siquiera pudiese inocularle el pensamiento de que aquellos gritos no son normales habrá valido la pena el intento.

Enfréntense al video y luego presten atención a su alrededor, seguro que pueden percibir el hiriente olor a humedad, no les costará demasiado identificar las voces que piden ayuda desde el fondo del pozo.



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